lunes, 14 de mayo de 2018

Dubbing Workshop for 1st of “Bachillerato”



Last Tuesday 8th of May, the three 1st of “Bachillerato” groups at L’Eliana Secondary School enjoyed an interesting and amusing activity in their English lessons: the Dubbing Workshop (Taller de Doblaje en Inglés) under the enthusiastic direction of the dubbing actor and director, Francesc Fenollosa.




This activity was subsidized by the school AMPA and it was free for all the students.

Have a look at these photos and video recorded in 1st of Bachillerato English classroom:











miércoles, 28 de febrero de 2018

Excursió al cinema dels alumnes de Primer d'ESO del institut


Nuria Máñez Martín i Cristina Gardel Hernandez, 1er ESO F

Els alumnes de Primer d´ESO de l'IES L´Eliana han anat al cinema Albatexas de Valéncia a veure “Arrietty i el món dels remenuts”.

   El dia 21 de desembre les classes de 1rA , 1rB , 1rE i 1rF van anar al cinema Albatexas de València a vore la pel·lícula “Arrietty i el món del remenuts” amb la companyia d´algunes professores.
   La pel·lícula tractava sobre una família de remenuts, que eren unes persones de apenes 10 cm que vivien en una caseta oculta, baix de les taules del sòl de una mansió en el camp. Els remenuts tenien la norma de no deixar-se veure pels éssers humans, però la seua tranquil·litat es va acabar quan Arrietty és vista accidentalment per un xiquet que s'acabava de mudar, a causa de la seua delicada salut. Es va formar una gran amistat, al temps l´existència dels remenuts va ser perillosament amenatzada.
   El cinema era xicotet, però amb les butaques suficients per a tots els alumnes. Havia una bona visió des de tots els llocs. La pantalla era xicoteta però per al tamany del teatre estava bé. Les animacions estaven molt treballades però les de la cuinera donaven por i era molt lletja.
   La pel·lícula ens va agradar, era molt interessant i et mantenia tota la estona atent@, però el final no ens va agradar, esperaven una altra cosa.

lunes, 15 de enero de 2018

Trabajos premiados en el Concurso de relatos de terror


El pasado 20 de octubre el departamento de Castellano convocó, con la finalidad de fomentar la creación literaria entre el alumnado del IES L'Eliana, un Concurso de relatos de terror con motivo del Día de Difuntos o Día de los Muertos. El 17 de noviembre se produjo el fallo, y los trabajos premiados se publican a continuación.



El armario

Elia Ramí, 4º de ESO


   Mis manos empiezan a temblar. Siento miles de miradas encima de mí, miradas que, sin disimulo, me critican, al igual que los mil murmullos a mi alrededor que repiten esas palabras una y otra vez. Una y otra vez… Miro en torno una vez más. Hay siete camas, y de seis de estas aparece un rastro de sangre que acaba en un mismo sitio. El armario. 
 
   Han buscado a mis compañeras de cuarto por todas partes, pero no ha habido rastro de ellas; han intentado hablar conmigo, tampoco han encontrado lo que querían. Mi cuerpo está totalmente paralizado y lo único que consigo decir es “se lo advertí”. Ninguna otra acción aparte del temblor de mis manos sangrientas y repetir esas tres palabras. Quiero romper a llorar, quiero gritarles que yo no fui, sino que aquella extraña voz… 
 
   Un policía se dirige hacia mí, preguntándome lo mismo que los otros dos, sin tener ninguno de ellos un resultado. Lo único que consigo hacer es dar un par de pasos y sentarme en mi cama; al hacerlo vuelvo a sentir esa sensación. Va a volver, va a volver, va a volver… Son las tres palabras que repito continuamente. Mi cabeza va a estallar, necesito poder controlarme, moverme, hablar, no puedo dejar que vuelva a pasar de nuevo. 
 
   Ellas. Ellas eran quienes se reían y se burlaban de mí, por eso ahora todos creen que soy yo la culpable. Las palabras de antes eran verdad, les advertí de que venía, ellas solo se rieron, supongo que por eso sigo viva. También supongo que por eso no me arrepiento de haberme quedado quieta mientras arrastraba a cada una de ellas hacia ahí, con destino a ese espantoso armario antiguo. Se lo merecían, por todo lo que me han hecho. Aunque aún hay cosas que me asustan, que me tienen muerta de miedo… Me aterroriza no recordar cómo acabé con las manos llenas de sangre; ni cuándo llegó la policía; ni siquiera recuerdo quién la llamó. O esa voz escalofriante que provenía del mismo lugar donde desaparecieron mis compañeras, esa voz rota y profunda que solo logré escuchar yo, que, con solo un susurro, me hizo echar a temblar, pero a la vez era tan relajante; esa es la razón por la que no podía moverme. Todo mi cuerpo quedó dormido por esa voz...
   Los tres policías me preguntan una y otra vez quién fue, pero solo logro decir que va a volver; lo digo sin ninguna expresión en mi rostro. Cada vez me siento más saturada, mi cabeza está más y más confundida. Los policías no han hecho nada malo, no puedo dejar que acaben como mis compañeras; ellos intentan ayudarme… Vuelvo a sentir un escalofrío que recorre todo mi cuerpo, eso hace que deje de hablar y, actuando solo, mi cuerpo se levanta. Empiezo a andar dando cortos pasos, e intento pararme, gritar, avisarles, dar una mínima señal, pero mi cuerpo no responde. 
 
   Todos me miran justo cuando cierro la puerta de la habitación y me quedo estática, delante de ella. Nadie podrá abrirla, nadie podrá salir de aquí. Los policías entran en pánico e intentan apartarme como pueden, pero no lo consiguen… Este ya no es mi cuerpo, solo soy una observadora, y el nuevo inquilino no se va a mover por nada del mundo. Hagan lo que hagan, usa mi cuerpo para que él no salga herido, por eso sé que no va a dejar salir a nadie. Dejo de poner resistencia contra él, he estado igual de muerta que mis compañeras desde el principio, yo solo era un peón: vulnerable y fácil de manejar. Pero no he sido capaz de darme cuenta hasta ahora. Éste es mi final. Una gran sonrisa aparece en mi rostro, en ese preciso instante se oye el chirrido de la puerta del tenebroso armario. Ya está aquí.




El retrovisor


Alba Tamarit, 1º de Bachillerato
 
Despertó de un sobresalto y tiró el despertador al suelo. Ya era 24 de diciembre y habían de marchar hacia el pueblo de sus padres. Pedro solo deseaba que el viaje fuera lo más breve y llevadero posible. Sabía que las Navidades no iban a ser lo mismo ahora que no las pasaba con su esposa, tras su separación. Pedro mandó a hacer las maletas a su hija Aina, a la que tampoco le hacía especial ilusión pasar las navidades en Zaragoza y alejada de su madre. Ambos estaban de acuerdo en que no iban a ser las mejores vacaciones, pero disimularían frente a su familia. 
 



Tenían por delante unas cuantas horas de viaje en coche. Por la tarde salieron de Madrid y emprendieron el recorrido. El día había quedado bastante nublado, parecía hacer juego con su humor. Durante el trayecto no intercambiaron más de tres frases, ya que Aina prefirió dormir un poco. A mitad de camino Pedro decidió parar un momento para ir al baño. Vio una buena oportunidad en un pequeño bar de carretera que parecía solitario. Su hija seguía durmiendo y prefirió no despertarla ya que iba a tardar poco. Entró al bar y pidió un café para consumir algo. Mientras se lo preparaban, fue al servicio y, antes de entrar, se le cruzó una niña corriendo. Pedro paró en seco y sin dejarle tiempo a decir nada, la niña se le quedó mirando fijamente y le dijo:



-Cuando sigas el viaje, no mires hacia atrás por nada del mundo. 
 


Seguidamente sonrió y Pedro, un poco confundido, le devolvió la sonrisa y no quiso darle importancia pensando que eran cosas de niños. Cuando quiso darse cuenta, la niña ya no estaba y Pedro se dirigió al camarero y le preguntó por ella. Entonces el camarero le contestó:



-Disculpe, se habrá confundido. Aquí no hay ninguna niña. Usted es el primer cliente que hemos tenido esta tarde. 
 


Acto seguido, Pedro levantó la vista y, efectivamente, no había nadie más en el pequeño bar. No le dio más vueltas al asunto y se fue hacia el coche para retomar el camino. Aina siguió durmiendo, pero su padre se había quedado con un mal sabor de boca. Cuando estaban cerca de su destino, cruzaron por una carretera en bastante mal estado y deshabitada. Entonces Pedro empezó a escuchar unas voces extrañas, como un balbuceo difícil de descifrar. Miró por el retrovisor y divisó una figura detrás del coche. Parecía un hombre de mediana edad que lo miraba fijamente. Pedro se sobresaltó y pisó con todas sus fuerzas el acelerador. Unos 100 metros más hacia delante, pudo ver que la figura ya no estaba. Se intentó tranquilizar y puso la radio. 
 


Por fin llegaron a su destino, pero Pedro seguía intranquilo y no encontraba razón. 
 


Se instalaron en la habitación de un viejo hostal del centro de Zaragoza por temas de espacio, ya que la casa de los padres de Pedro era muy pequeña y ya habitaba bastante gente en ella. Padre e hija se arreglaron y fueron a cenar con la familia. El encuentro fue más agradable y ameno de lo que esperaban. Se pusieron al día de todo este tiempo en el que no se habían visto, cantaron villancicos y comieron turrones y polvorones hasta hartarse. Fue una cena navideña como cualquier otra, pensó Aina, aun echando de menos a su madre. Al acabar, regresaron al hostal y fueron a dormir como normalmente. 
 


Amaneció y Pedro se despertó antes que su hija. Volvió a empaquetar lo poco que había traído en las maletas y se fue a dar un pequeño paseo para tomar el aire mientras Aina dormía. Cuando estaba bajando por las estrechas escaleras del hostal se quedó admirando los cuadros que había ornamentando la pared. Pero su mirada se centró en uno en particular, una noticia de hacía unos 10 años, enmarcada. Describía un accidente que hubo por la zona con dos fatales muertes, pero no se podía leer con claridad. Pedro se quedó atónito cuando vio la foto que acompañaba la noticia, también vieja y emborronada. Era él. Aquella figura que vio en la carretera. Pensó estar volviéndose loco y entonces leyó una palabra en medio del ininteligible texto: “Cruce del molino”. Aquello no podía ser. Era ese mismo sitio donde había visto a aquel extraño hombre. Debía de estar autosugestionándose. Estaba pasando una mala temporada, pero nunca había llegado a ese extremo. Entonces fue rápidamente afuera del hostal e intentó calmarse. Dos manzanas después, encontró una pequeña cafetería con buen aspecto para desayunar antes de emprender el viaje de vuelta.



Se hizo medio día cuando padre e hija montaron en el coche y arrancaron hacia Madrid. Aunque a Pedro no le daba muy buena sensación, tomó el mismo camino que habían hecho en la ida, ya que era el más corto. Condujo tranquilamente, con música de fondo, mientras Aina, que esta vez no se había dormido, tarareaba todas las canciones. Pasó una hora cuando se acercaron a la zona en la que Pedro había tenido aquella extraña visión el día anterior. Empezó a estremecerse. ¿Cómo podía tener miedo a algo que no existía? No alcanzaron a pasar unos minutos cuando dirigió la vista hacia el retrovisor. Y, efectivamente, allí estaba. Se volvían a confirmar sus visiones. Un hombre alto y con rasgos que difícilmente se podían distinguir. Pedro aceleró con todas sus fuerzas. Las mismas voces le atormentaban la cabeza. Estaba aterrorizado. Pero esta vez la figura no se desvaneció. Le perseguía. No se despegaba de su lado. Le empezaron a venir imágenes de todo su viaje. Entonces volvió la cabeza para mirar detrás del coche y, sin apenas verlo venir ni tener tiempo de reaccionar, se despeñó por un terraplén.



Abrió los ojos y empezó a ver imágenes distorsionadas y poco claras. Una enfermera intentando hablarle. Unas luces y sonido de ambulancia. Un cartel del “cruce del molino”. Intentó levantar la cabeza y pudo ver a Aina tumbada en una camilla e inconsciente. Intentó gesticular, pero no le salían las palabras. La enfermera seguía tratando de hacerle hablar. Y, de repente, pudo ver otras dos figuras. El hombre agarrado de la mano de una niña. Aquella misma que había visto en el bar de carretera. Estaban quietos. Le miraban fijamente a los ojos. Pedro sintió una sensación que jamás había experimentado. Vacío. La nada. Se giró a ver a Aina, que seguía inconsciente. Cerró los ojos, dejó caer una lágrima y jamás volvieron a despertar. 




 La trampilla


Rebecca Pierce, 2º de Bachillerato

Está todo oscuro. No veo nada y tengo mucho frío. Me levanto y empiezo a tocar a mi alrededor. Sólo hay paredes. Una, y otra, y otra… Estoy en una habitación. Escucho goteras, hay humedad y las paredes están llenas de moho. Me toco la cara y noto algo en mis ojos… Me quito la venda. Ya puedo ver, pero sigue todo oscuro. Pido ayuda a gritos, pero nadie me oye. O sí, pero nadie me ayuda.


Estoy cansada, no noto mis manos del frío, me vuelvo a dormir. Pasan minutos, horas, días… no lo sé. Porque lo único que sé es que estoy aquí, sola y atrapada. Me despierto y todo sigue oscuro, más oscuro que la noche sin estrellas. Sigo sin notar mis manos y, ahora, tampoco mis pies. Vuelvo a pedir ayuda, nadie me oye. Decido levantarme, pero no puedo. Algo me está empujando hacia abajo. Algo está detrás de mí. Noto su respiración en mi nuca. Su risa susurrada en mi oído. Giro la cabeza rápidamente. No hay nadie detrás de mí. Nadie.


Se enciende una pantalla, y leo un mensaje: Huye por arriba o muere por abajo.

No lo entiendo, pero necesito salir de aquí. Miro arriba, veo una trampilla. Tengo que abrirla y escapar, pero la habitación está vacía. No puedo alcanzarla.

Empiezo a escuchar un tik-tik, tik-tak. Miro la pantalla una vez más. Veo un temporizador. Tengo un minuto. Tengo un minuto y una escalera metálica. Una escalera que antes no estaba aquí. La cojo, pero pesa mucho y me cuesta moverla. Han pasado 15 segundos.

La coloco debajo de la trampilla. Pongo mi pie descalzo en el primer escalón y empiezo a subir. Un pie, luego otro, y otro. El escalón está muy frío y oxidado. Me quedan 30 segundos. Es un techo muy alto y una escalera muy larga, pero ya casi estoy. Casi.

Me quedan cuatro escalones. Veo la salida, escucho la brisa nocturna. Ya casi y, de repente, ya no veo nada.

La habitación vuelve a estar completamente oscura. Me quedan 20 segundos. Sigo. Subo un escalón más, y otro. Me da un escalofrío. Está detrás de mí. Algo vuelve a estar detrás de mí. Noto su respiración fuerte y ronca. Mi corazón se acelera. Me coge de los hombros y me empuja.

Vuelvo a estar tirada en el suelo, y me duele la cabeza. Quedan 10 segundos y tengo que levantarme, pero no puedo. Está encima de mí. Está encima de mí y no me deja moverme. Lo intento, pero quedan 5 segundos.

4,3,2,1…

Ya no estoy tirada en el suelo. Ya no hay suelo. Estoy cayendo. Caigo y solo veo oscuridad. Caigo.
 

 

viernes, 20 de octubre de 2017

Two members of the English Department of IES L'Eliana attend the TeCoLa Seminar on Gamified Intercultural Telecollaboration for Foreign Language Learning at the University of Roehampton, in London


Inmaculada Martín and Ana María Dorado


Last Saturday 9th of September, two members of the English Department, Inmaculada Martín and Ana María Dorado, attended the TeCoLa Seminar at the University of Roehampton, in London.

We had been invited to this first TeCoLa Conference/Workshop by our ex-coordinator in the Spanish cluster of the TILA project, Sabela Melchor-Couto (*). And we were delighted to attend it face to face.

The Seminar, which focused on telecollaboration, gamification and virtual worlds for language learning and teaching, was aimed at secondary school and further education Modern Languages teachers. This event was funded by the European Commission and it was free of charge for all participants.



In July 2016, the European Commission accepted their proposal to fund a follow-up of the work undertaken in the TILA project on the use of telecollaboration for language learning and teaching. This new project, called TeCoLa, will run until 2019 and it focuses on gamification and virtual worlds.

The conference/workshop took place at the  University  of Roehampton on Saturday 9th September from 9.30 to 13.30. The event was also live streamed, so those who couldn't travel to Roehampton on that date were also able to follow the conference through their YouTube channel and to ask questions via chat. However, the hands-on workshop were only run for the face-to-face conference and were replaced with additional presentations for the audience following them online.


Participants could register for both modes of attendance at
http://www.tecola.eu/register/. And the event took place in Chapman Hall, in Queen’s Building. You can see the programme in the posters attached.

This conference/workshop was a good opportunity to meet the whole TeCoLa team, to learn more about the tasks that will be implemented with the students in TeCoLa and how gamification and virtual worlds can be used for language learning. 


NOTES:


(*) Dr Sabela Melchor-Couto, PhD, MSc, FHEA is a Senior Lecturer in Spanish in the
Department of Media, Culture and Language at the University of Roehampton, London.



LINKS:

Follow them on Twitter | Find them on Facebook.
Join their circle on Google+ | Connect via LinkedIn.
www.tilaproject.eu |
www.tecola.eu


https://sites.google.com/site/tecolaproject/home/gamifiedinterculturaltelecollaborationforforeignlanguagelearningseminar/


http://tecola.eu/streaming


https://youtu.be/4TCpmHzIvaE (Video in YouTube about the TILA project at IES L'Eliana, 2014-2015)



martes, 20 de junio de 2017

Trabajos premiados en el XIV Concurso literario Día del Libro

El pasado 13 de junio tuvo lugar en la Sala de Usos múltiples del instituto el acto de entrega de los galardones de la XIV edición del Concurso literario Día del Libro. Con la presencia de la Vicedirectora, Amparo Collado, de los jefes de los departamentos de Plástica, Valenciano y Castellano, y de un nutrido grupo de alumnos, se procedió a la entrega de los premios en las distintas categorías: microrrelato, narrativa y poesía.

En Castellano los ganadores han sido:

Microrrelato:

Primer premio: El cobertizo, de Aya Bensaid, 4º ESO.
Accésit: El enfado de Lucas, de Pau Martínez, 1º Bach.

Narrativa:

Primer premio: La nave espacial, de Félix Moreno, 1º Bach.
Accésit: La cima, de Álvaro Blázquez, 1º Bach.

La modalidad de poesía ha quedado desierta.


A continuación presentamos los trabajos premiados.



El cobertizo


Cuando me mudé a casa de Tita Carol, me dijo que mami se fue al cielo y que por eso me fui a vivir con ella. Tita Carol siempre me decía que no vaya al cobertizo de atrás de casa, pero un día escuché a un pequeño gatito dentro de él y tuve que entrar. Abrí la puerta y Tita Carol me gritó y yo me puse muy triste. Ella se sintió mal por gritarme, entonces me dio una piruleta. Yo estaba mejor con eso, así que no le pregunté que hacía mami allí y por qué no tenía ojos ni brazos.


                                                                                                                       Aya Bensaid



El enfado de Lucas

Me llamo Lucas y el día catorce cumplo diez años. Mi vida era sencilla, aunque me quejara, hasta hace un mes, cuando todo cambió.
Una noche mi madre me despertó y me dijo:
-Lucas, no te preocupes pero Papá se encuentra mal y nos vamos al hospital. Duérmete y a las ocho te despierto.
Pero a las ocho de la mañana no habían vuelto; mi madre me llamó al móvil y me dijo:
-A Papá le han ingresado, prepárate el bocata y vete al cole. Luego te digo.
Y así empezó un “desfile” de dormir en casa de familiares los fines de semana y de amigos de mis padres que venían a dormir entre semana. Al principio era divertido, me traían cena de MacDonalds y napolitanas para almorzar, pero, poco a poco, se fue haciendo pesado y largo; echaba de menos los zumos de mi madre y nadie me ayudaba con las matemáticas...
Y por fin, ayer, volvieron. Mi padre me saludaba desde su silla de ruedas con la única mano que podía mover y me sonreía con sus ojos llorosos sin decir ni una palabra…
Y mi madre me dijo:
-Lucas, ayúdame a meter a Papá en la cama…
Y yo me fui a mi cuarto, muy enfadado, y con ganas de meter la cabeza bajo la almohada…


                                                                                                 Pau Martínez



La nave espacial


Hola. ¿Quieres venir a mi casa esta tarde a ver mi nave espacial?
La pregunta me pilló totalmente desprevenido. Él, el que me había preguntado, era un chico de mi clase, retraído, que no solía hablar con nadie. Yo, que tampoco suelo hablar mucho, apenas había hablado con él, excepto en las contadas ocasiones en las que la convivencia escolar requiere interactuar. Se había acercado hacia mí en un momento en el que no había nadie cerca y me había formulado esa curiosa pregunta. Mientras trataba de reaccionar ante tal acto, otras preguntas venían a mi cabeza: ¿Para qué querría que fuera a su casa si apenas le conozco? ¿Qué es esa nave espacial que quiere enseñarme? Supongo que será una maqueta que ha construido, o algo parecido. O un juguete. ¿Pero no es demasiado mayor como para ir jugando con naves espaciales? ¿Y por qué pensaba que a mí me podía interesar su nave espacial? Me estaba poniendo nervioso, tenía que responderle algo.
No tienes por qué venir si no quieres. Sé que es raro.
Me alivió saber que él era consciente de que lo que me estaba proponiendo no era algo normal. Sí, desde luego esta era una situación rara, incómoda, de ese tipo que los ingleses llamarían awkward. Empecé a pensar que su actitud era propia de un niño pequeño. Para los niños es habitual preguntar a los compañeros de la escuela si quieren venir a casa a jugar con ellos; una vez se llega a la adolescencia, ese tipo de peticiones desaparece, pues se obtiene una conciencia de uno mismo que hace que se interaccione socialmente de una forma más prudente. ¿Tal vez el chico sufría alguna condición que hacía que su forma de interacción social fuera como la de un niño? Debía responderle algo rápidamente, me estaba sintiendo muy incómodo. “No, no quiero, no me interesan tus cosas. Por cierto, probablemente eres autista o algo”. No, no podía ser tan cruel. Pero tenía que decir algo, estaba sufriendo una enorme presión.
En ese momento, por mi cabeza pasó el pensamiento de que esta tarde no tenía nada que hacer. Víctima del nerviosismo, antes de que pudiera contenerme salió por mi boca una palabra:
Vale.
Genial. ¿Sabes dónde vivo?
Al instante me arrepentí de haber dicho eso, pero fue demasiado tarde: ya me había comprometido a ir a la casa de aquel extraño niño. Rápidamente me explicó dónde vivía: me sorprendió que viviera bastante cerca de mi casa. Quedamos en que iría a una hora determinada y nos despedimos. El chico se alejó rápidamente.

Mientras iba a su casa andando, me asaltaron ciertas inquietudes. ¿Por qué había aceptado hacer eso? ¿Qué es lo que guardaba ese niño en su casa? Intenté tranquilizarme pensando que lo más probable es que solo acabara perdiendo un poco el tiempo con un niño raro que me quería enseñar su “nave espacial”, fuera lo que fuera eso. En ese momento me di cuenta de que estaba pensando todo el tiempo en el chico como si fuera un niño: no lo era, ya tenía diecisiete años. Sin embargo, me era imposible dejar de pensar en él como un niño después de que me hiciera una proposición tan pueril. Pensé que yo tampoco era un niño y sin embargo había sido presa de mis inseguridades y por eso ahora me veía obligado a acudir a la cita. Quise reflexionar sobre esta cuestión más tiempo, pero ya llegaba un poco tarde a su casa y no quería quedarme parado pensando en eso.
Llamé a la puerta de su casa y me abrió.
Hola, te estaba esperando. Ven, la nave espacial está en mi jardín.
Le acompañé al jardín que se encontraba por detrás de su casa. Una vez llegué, me quedé estupefacto: en medio del jardín, entre los varios árboles que había, se alzaba un enorme transbordador espacial, sujeto a una lanzadera como las que había visto en imágenes de cohetes de la NASA. Me sorprendió no haberlo visto antes, pues su altura era tal que parecía que se tendría que ver incluso a kilómetros de distancia.
Qué, ¿te gusta? —me preguntó.
Eh… Sí —respondí, perplejo—. ¿Esto… lo has construido tú?
¡Claro que no! —rió—. Lo compré por internet. ¿Quieres subir? Podríamos dar un paseo por el espacio exterior.
El chico me invitó a ponerme un traje de astronauta y a entrar en la nave. Yo me hallaba atónito: no podía creer lo que veían mis ojos. No podía ser que ese niño tuviera en su casa una nave espacial lista para despegar.
Tres… Dos… Uno… ¡Despegue!
Ante mi inmensa sorpresa vi por la ventanilla que sucedía lo que había creído imposible: el transbordador despegaba y se alejaba de la Tierra a una velocidad sorprendente, mientras el chico lo pilotaba con toda tranquilidad. Mi estupefacción fue interrumpida por una súbita alarma que empezó a sonar.
Oh, no. Creo que tenemos una fuga de combustible —dijo el chico—. Esto es lo que pasa con las naves espaciales made in China. Voy a investigar.
Poco después retornó con una cara triste.
Me temo lo peor —dijo—. Creo que hemos perdido demasiado combustible y… ya no podremos volver a la Tierra.
Empecé a sentir una terrible ansiedad. ¿Significaba eso que nos íbamos a quedar vagando por el espacio durante el resto de nuestra existencia? Cuando la ansiedad comenzaba a dominarme, tuve un pensamiento que la eliminó completamente: ¿y si todo era un sueño? Efectivamente, la aventura tenía el aspecto de un sueño que se estaba tornando en pesadilla. Todo lo que había ocurrido encajaba perfectamente dentro del marco onírico: la extraña e inesperada pregunta que lo había desencadenado todo, mi incapacidad de responder a esa pregunta lo que hubiera sido normal decir, el hecho de que no viera el transbordador desde fuera de la casa aunque fuera enorme… Empecé a reír. Sí, estaba en un sueño, pero ahora que era consciente de ello sería capaz de redirigirlo hacia donde quisiera.
¿De qué te ríes?
De que todo esto es un sueño, amigo —le contesté, eufórico—. Y si estamos en un sueño, ¿por qué no reír?
Yo no estaría tan seguro de ello —respondió pesaroso—. En los sueños uno no es consciente de que está soñando.
Lo pensé detenidamente. Era verdad: siempre que en un sueño me daba cuenta de estar soñando, me despertaba inmediatamente. ¿Por qué no me había despertado ya? Pensé intensamente en despertarme, pero no obtuve nada. No podía pellizcarme porque llevaba el traje de astronauta encima, pero sabía que era inútil: el condenado niño tenía razón. Mis risas pronto se transformaron en lágrimas, al contemplar la realidad que me esperaba: iba a morir en el espacio exterior, alejado de todos mis seres queridos, a una edad joven, cuando aún me quedaba toda la vida por vivir.
Puedes quitarte el traje de astronauta, si así te sientes más cómodo —dijo, quitándose el suyo.
Yo estaba completamente desesperado. Estaba ante el final de mi vida. No sabía cuánto tiempo más podría sobrevivir en la nave, pero cada momento que permaneciera en ella me recordaría el terrible destino que me aguardaba.
Puede que te estés preguntando por qué te invité a venir a ti a este viaje. La verdad es que todo esto de la nave espacial solo era un pretexto para conocerte mejor… aunque al final haya acabado de esta manera. Siempre he querido conocerte. Te veo en clase y noto que hay algo diferente en ti… y eso hace que me intereses. ¿Sabes qué es lo que quiero decir?
No. ¿Qué?
Que te quiero.
Esa respuesta, en circunstancias normales, tal vez me hubiera causado enfado. Tal vez me hubiera amargado la triste ironía de que el culpable de mi muerte me declarara el amor una vez ya estaba sentenciado. Tal vez hubiera enloquecido. Pero no hice nada de eso. Simplemente, me quité el traje de astronauta y me abracé a él, besándole apasionadamente.
Permanecimos unidos, en un núcleo de amor, mientras la nave iba a la deriva. Por la ventanilla veía, de reojo, los planetas pasar. Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno… pronto abandonamos el sistema solar y nos adentramos en otros sistemas y otras galaxias. No recuerdo el momento en el que nuestros corazones dejaron de latir, o en el que los sistemas de presurización acabaron fallando, deshidratando nuestros cuerpos y rompiéndolos en varios pedazos; nuestras almas continuaron viajando a través del universo, unidas por siempre por los vínculos del amor.

                                                                                                  Félix Moreno

La cima

Jack llevaba ya tres meses por aquellas tierras heladas del norte, fijándose y tomando mediciones de cada minúsculo detalle que podía encontrar en el suelo que pisaba, con el objetivo de elaborar un mapa preciso que pudiera satisfacer el encargo que le habían hecho. Era un trabajo monótono, pero Jack lo consideraba el mejor trabajo que podía haberle tocado hacer, ya que así tenía la oportunidad de viajar por zonas remotas del planeta, no sólo conociendo y dibujando su geografía, sino también sus culturas y habitantes así como viviendo fascinantes aventuras.

De todos los lugares en los que había estado, la zona nórdica era la que más le gustaba, con su gente y ambientes tranquilos, a diferencia del calor, alboroto y peligros que podía encontrar en aquella gran África que tanto estaba costando cartografiar a los exploradores de todo el mundo.

Acababa de llegar a un pequeño pueblo en las montañas y a medida que bajaba del carro que le había llevado hasta allí, pudo ver un pequeño pueblecito en las faldas de una cordillera que se elevaba por encima de las nubes. Aquello le sorprendió, ya que él no había visto nunca semejante fenómeno, y sin esperar un momento, le preguntó al cochero qué montañas eran aquellas, pero este no le supo contestar y simplemente le dijo que en el pueblo le podrían decir algo más, de forma Jack se despidió de su cochero y comenzó a subir en dirección hacia el pueblo. Una vez llegó allí decidió que lo mejor sería ir a la taberna, donde podría tomar algo para recuperarse del viaje y preguntar acerca de aquellas increíbles montañas, de modo que entró y una vez dentro pudo ver a unos ancianos bebiendo cerveza y conversando en la barra, que rápidamente se giraron para ver quién había entrado. Jack saludó y pidió otra cerveza para él, y una vez se la sirvieron se sentó al lado de los ancianos y después de una breve presentación les preguntó por aquellas montañas. Los ancianos lo miraron fijamente, examinando al desconocido, y uno de ellos comenzó a hablar y dijo que esas montañas eran las montañas celestes, tan altas que se elevaban por encima de las nubes, lo que hacía que fueran imposibles de escalar, por lo que todo lo que se conocía de ellas eran las historias que se contaban. Aquello le llamó la atención al explorador y se interesó por aquellas historias. Los ancianos rieron un buen rato y finalmente comenzaron a narrar la primera que recordaron:

“Hacía no mucho tiempo, un día frío de invierno, llegaron a la taberna, de la misma forma que él había llegado ese día, una mujer y un hombre. Iban bien equipados con cuerdas y mochilas y el dueño de la taberna se interesó por lo que tenían pensado hacer. La mujer le dijo, completamente convencida de lo que decía, que tenían pensado llegar a lo más alto de las montañas celestes. El tabernero no podía creer lo que oía y le preguntó si era consciente de que nadie lo había conseguido nunca. El hombre que iba con la mujer se giró y le dijo que por eso alguien tenía que hacerlo primero y así salieron de la taberna camino de aquella montaña que se elevaba por encima de las nubes. Todos quedaron atónitos esperando ver el resultado de aquella gran aventura. Lo que pasó es que unos días después de su marcha, cuando aquellos dos eran el principal motivo de conversación de todo el pueblo, comenzó a acercarse una tormenta de nieve que hizo caer grandes trozos de rocas de la montaña, y entre ellos pudieron encontrar la mochila de uno de los dos aventureros. En ese momento hubo muchas discusiones en el pueblo, entre unos que defendían que la aventura de aquellos valientes había terminado en una catástrofe, y los otros que pensaban que sí que habían conseguido llegar a la cima y que las voces que el viento transportaba algunas noches eran las suyas.”

Después de escuchar aquel relato, Jack se sintió más animado a escalar aquella montaña que decían que era imposible de escalar, no sólo con el objetivo de cartografiarla sino también de descubrir qué ocurrió realmente con la pareja, de forma que llenó su mochila de provisiones y comenzó con su camino.

La subida era compleja, incluso para alguien experimentado como Jack, pero consiguió apañarse sin demasiadas dificultades. El único problema que se encontró fue la altura, era increíblemente alta y llevaba mucho tiempo escalando. Las provisiones comenzaban a escasear y Jack se sentía cada vez más débil. Había conseguido por fin llegar a la altura de las nubes y se encontraba en una especie de niebla que no le permitía ver nada. Siguió subiendo a tientas unas horas más, y finalmente logró ver la cumbre de aquella gran montaña, una zona plana no demasiado extensa que sobresalía en la inmensidad del cielo. Apenas veinte metros le separaban de aquel lugar, de modo que siguió hacia adelante sin mirar atrás. A medida que se iba acercando, tenía cada vez más energía y fuerzas para seguir con su travesía y así consiguió finalmente llegar a la cima inescalable, el pico de la montaña celeste. Una vez allá arriba, no pudo creer lo que veían sus ojos: delante de él, en medio de aquella inmensidad que parecía aislada de todo el mundo, pudo ver una cabañita. Corrió tan rápido como pudo hacia la cabaña y encontró a un viejo hilando una cuerda con los hierbajos secos que brotaban de entre las rocas. Jack se quedó inmóvil, sorprendido de haber encontrado a alguien en aquel remoto lugar; se acercó al viejo y le saludó, mientras que este siguió hilando sin hacer caso al recién llegado. Siguió insistiendo un buen rato, y al ver la negativa del viejo decidió entrar a explorar la cabaña, pero antes de que pudiera moverse, el viejo dijo claramente: “quieto” y siguió con su labor. Jack se dispuso a descansar pensando que sería mejor entablar conversación con aquel hombre en otro momento, y despertó en medio de la noche más estrellada que había visto, con un cielo repleto de puntos brillantes que iluminaban la noche y allá, al lado de la cabaña, estaba el viejo sentado contemplando aquel espectacular paisaje cuando de repente empezó a soplar el viento imitando el sonido de una voz, aquella voz de la historia que le habían contado. Jack se acercó al viejo y pudo ver que estaba llorando, se sentó a su lado, le puso la mano en el hombro y el viejo exclamó entre sollozos: “¡tú no lo entiendes!” y siguió llorando un buen rato. Cuando ya parecía que se había calmado, Jack le preguntó si le podría explicar qué le ocurría, a ver si de ese modo lo entendía, y finalmente accedió.

El explorador pudo comprobar que aquel hombre era el mismo del que le habían hablado en la taberna por cómo explicaba su llegada allí y su complicado ascenso con las tormentas de nieve, que causaron la pérdida de gran parte de su equipaje. Le dijo que en aquella cima había conseguido alcanzar la felicidad con su amada y que decidieron quedarse allí para siempre, por lo que construyeron aquella cabaña donde vivieron felices durante años, pero un día, mientras ella recogía algunas hierbas como solía hacer, comenzó a soplar el viento con tanta fuerza que se llevó a su amada. Él, desesperado, la buscó por todas partes pero no la consiguió encontrar en ningún sitio. Una noche escuchó su voz silbando con el viento, por lo que pensó que tenía que estar en algún lugar de aquella inmensa montaña, y de esa forma decidió hacer una larga cuerda con la que se ataría a una roca y se dejaría caer en un día de fuerte viento para reunirse con su amada para siempre. Jack se emocionó con las palabras del viejo y decidió ayudarlo con su tarea. Una vez la cuerda estuvo acabada, el viejo agradeció mucho a Jack su ayuda y le preguntó qué iba a hacer. Jack le contestó que en aquel lugar había conseguido alcanzar aquella felicidad de la que el viejo le había hablado, con aquella tranquilidad y aquel paisaje que parecía sacado de un libro de ficción, de modo que se quedaría allí hasta el final de sus días. Así, el viejo y Jack estuvieron en el pico de la montaña celeste mucho tiempo, hasta que se volvió a formar aquella gran tormenta que el viejo estaba esperando desde hacía tanto tiempo, de modo que se despidió del que ya era su compañero, ató la cuerda y se dejó caer con una gran sonrisa, una sonrisa que Jack nunca había visto en él.

Pasó la tormenta, pasaron los días y las semanas y Jack no volvió a tener noticias del viejo. Estiró de la cuerda pero lo único que consiguió fue recoger el otro extremo vacío pensando que había ocurrido lo peor. Aquella noche se sentó en el lugar en el que estuvo hablando con el viejo por primera vez para contemplar aquel increíble espectáculo de luces que creaban las estrellas y en aquel momento una brisa empezó a soplar y pudo escuchar dos silbidos que se contestaban y que se movían por toda la inmensidad del cielo.


                                                                                            Álvaro Blázquez